Cuando la palabra se hace presencia - Sufi.cat
6960
wp-singular,post-template-default,single,single-post,postid-6960,single-format-standard,wp-theme-bridge,wp-child-theme-bridge-child,bridge-core-2.0.2,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,qode-content-sidebar-responsive,qode-child-theme-ver-1.0.0,qode-theme-ver-13.7,qode-theme-bridge,disabled_footer_top,wpb-js-composer js-comp-ver-8.7.2,vc_responsive
Cuando la palabra se hace presencia. Foto

Cuando la palabra se hace presencia

El Verbo creador

El Verbo divino es creativo. Lo leemos en el Corán: kun fa-yakun, Dios le dice sé, y la cosa es.

También en el libro del Génesis leemos que Dios crea a través del Verbo. El verbo, la acción, genera el nombre, la cosa. Así, las cosas y los nombres de las cosas contienen en su interior un componente vivo.

Pero las personas no siempre somos capaces de captarlo. Por eso podemos distinguir entre las palabras vivas y las que no los están. Las palabras vivas no son simplemente palabras dotadas de significado. Son palabras en las que la realidad misma comparece y actúa; por eso transforman a quienes las escuchan y comunican una plenitud que no existiría sin ellas.

Los libros sagrados son sagrados precisamente por el hecho que en ellos abundan ese tipo de palabra. Son libros que conmueven especialmente, y no conmueven por lo que narran o lo que sugieren, sino por la plenitud que alcanzan, por el impacto que producen.

Solemos pensar que las palabras sirven para describir el mundo. Decimos que una palabra es verdadera cuando representa correctamente la realidad. Pero las grandes tradiciones espirituales nos sugieren algo mucho más radical: hay palabras que no sólo describen la realidad, sino que participan de ella y la hacen presente.

Si el mundo nace de una palabra creadora, entonces toda palabra humana conserva, aunque sea de manera limitada, la posibilidad de participar de esa creatividad. La palabra no es únicamente un instrumento para hablar del mundo sino también un ámbito donde el mundo puede hacerse presente.

 

La palabra revelada

Quienes no conocemos el árabe escuchamos la recitación del Corán y no entendemos su mensaje, percibimos el ruh o aliento vivificador que contiene, e intuimos que su fuerza reside precisamente aquí: esa viveza que trasciende el lenguaje, pero se presenta dentro suyo. Así es como, aun no sabiendo árabe, percibimos que no es simplemente un libro. Notamos esa vitalidad, y que la revelación que contiene continúa descendiendo sobre los corazones que saben escuchar.

Esta escucha produce una experiencia vital profunda. Advertimos que en esa recitación acontece algo que no depende únicamente del significado de las palabras. De hecho, ni siquiera necesitamos comprender tal significado, del mismo modo que basta con escuchar el llanto de un bebé para tomarlo en brazos. Ese mensaje no es alfabético, pero es claramente inteligible y no deja espacio a muchas dudas.

El lenguaje del corazón es un tipo de lenguaje tan natural como la vida misma y, aunque nos resistamos a usarlo, los humanos no hemos perdido la capacidad de usarlo. Simplemente ocurre que para usarlo se necesita que el emisor use palabras o expresiones vivas (y eso incluye un tono de voz adecuado, una elección adecuada de las palabras, una sonoridad o forma externa que sea acorde al mensaje interior que expresa, etcétera), y que el receptor escuche no con los oídos sino con el corazón.

 

La palabra viva

Sería conveniente, al relacionarnos con los demás, tener en cuenta esta dimensión viva de las palabras; que no clasifiquemos de forma excesivamente rígida; que no nos dejemos aprisionar por las categorías. Lo que interesa para una buena interrelación entre personas, es la vida que está contenida en el interior de las palabras.

Una palabra viva no es simplemente una palabra correcta ni una palabra sincera; es una palabra cuya forma exterior está habitada por la realidad que expresa. No sólo significa algo: hace presente aquello de lo que habla. Eso solo ocurre cuando quien habla participa realmente de aquello que dice.

Cuando un padre toma de la mano a su hijo le transmite mucha más seguridad que si le dice «estoy contigo» mientras lo empuja y lo aleja de sí. La palabra debe ser viva para ser verdadera. No debe limitarse a declarar la verdad, debe realizarla: el padre no tranquiliza porque haya pronunciado las palabras adecuadas, sino porque él mismo está participando de la protección que ofrece.

Una palabra viva no pone simplemente en contacto a una persona con una idea. Hace presente una realidad y permite que quien escucha participe de ella. Creo que sería ingenuo pensar que la realidad se dejará conocer mediante conceptos, creo más bien que, sobre todo, se dejará conocer mediante nuestra participación en ella.

Si lo miramos desde esta perspectiva, veremos como de evidente que nos hace la diferencia entre verdad y mentira. Si prestamos la debida atención, no nos resultará difícil distinguir las palabras verdaderas de las falsas. Las distinguiremos por la profundidad que abarcan, por la implicación que tienen en el devenir.

La verdad, entonces, no es verdadera porque exprese un argumento justificable o porque muestre una evidencia, sino porque acarrea una hondura que la no verdad no contiene. La verdad no es algo que nos convence, no es un principio supremo ni mucho menos un ideal inalcanzable. Es algo mucho más básico: es, simplemente, lo que acontece.

Su contrario, la no verdad, es lo que tapa, oculta o manipula lo que es. En cambio, la verdad nos sorprende por su simplicidad y nos desborda porque nos hace replantear lo que considerábamos inherente. Sobrepasa la materialidad de lo que expresa y aporta elementos inexplicables.

Entonces, la verdad, aunque habrá sido expresada, seguirá siendo algo inexpresable, de ahí que podríamos decir que la verdad no se puede declarar, pero se puede transmitir.

 

El corazón que reconoce

Las tradiciones espirituales se basan en esa transmisión. Los textos que comparten y recitan no son solo textos que tengan que ser interpretados por eruditos. La exégesis de esos textos no es la única vía que permite alcanzar su verdad. Esta se hallará sobre todo en función de la apertura del corazón del oyente, al cual seguramente podremos llamar discípulo hasta el último de sus días, porque lo que hay en estos textos que sea susceptible de ser conocido es mucho más de lo que nunca cualquier humano podría llegar a conocer.

En la tradición sufí, el corazón (qalb) no es el lugar del sentimiento sino el órgano del conocimiento espiritual. El corazón reconoce las palabras vivas porque él mismo participa de esa misma realidad. No analiza únicamente el significado: percibe la presencia. Hablar de tener el corazón abierto o cerrado significa tener activa dormida esa capacidad.

Los textos espirituales transportan al lector o al oyente a una dimensión puramente espiritual, valga la redundancia. Por eso las tradiciones espirituales son escuelas donde aprender a reconocer las palabras vivas.

La transmisión espiritual se sirve de unos textos, pero no consiste en el aprendizaje de las lecciones que se puede leer en ellos. De ahí que no se hable tanto de aprendizaje como de iniciación. El iniciado es aquél que se ha abierto a esa lógica, es un discípulo que se compromete a seguir el camino del corazón, es una persona que practica la inteligencia espiritual, no la racional, sin que esa se tenga que ver perjudicada de ningún modo.

Pero está claro que no hace falta estar iniciado en ninguna tradición espiritual para reconocer las palabras vivas: ya hemos visto que los padres y las madres son especialistas en comunicarse de esa forma con sus hijos, sobre todo cuando son recién nacidos. También los buenos poetas poseen el arte de jugar con las palabras vivas. Incluso en ámbitos tan cotidianos como el trabajo tenemos compañeros con quienes nos relacionamos mediante el uso de palabras vivas y compañeros con los que nos limitamos a usar palabras muertas, justamente para evitar establecer vínculos profundos con ellos.

 

El diálogo como presencia

Es desde esa inteligencia y desde esa actitud desde donde deberíamos abrirnos a los demás. No desde el intento de comprender racional su realidad, pues para llegar a eso siempre nos faltarían elementos.

No es posible conocer el mundo, ni tan solo nuestro vecino más cercano, solo por la vía empírica. La dimensión de profundidad que hay en todas las cosas creadas es tal que impide que podamos conocerlas si solo las entendemos por lo que nos muestran. Eso nos haría confundir la forma de la cosa con la cosa en sí, lo cual nos llevaría a describir las cosas con palabras muertas, obviando su viveza interior. Eso es precisamente lo falso, y es que si la verdad se define por la viveza del mensaje, la mentira se caracteriza por el hecho de ocultar la verdad que aparentemente da a conocer.

Las mentiras describen verdades que no hacen acto de presencia. Son palabras vacías. A menudo pueden parecer coherentes y ser defendibles con argumentos, pero el oyente entrenado reconocerá que son palabras que no casan la verdad que expresan, que no remiten a una verdad honda.

Por lo contrario, si nos relacionarnos con los demás desde esta baraka honda, nuestros compañeros de camino descubrirán una presencia espiritual que quizá de entrada no esperan encontrar pero que poco a poco aprenderán a reconocer, pues entre sus capacidades está la de reconocer la verdad.

 

La transmisión

La transmisión no consiste simplemente en comunicar un contenido. Consiste en hacer presente una realidad. Creo que el objetivo de todo discípulo de una espiritualidad viva es el de no contentarse con encontrar esa profundidad en los textos sagrados sino intentar que esa manera de comunicar tenga lugar también en las comunicaciones que emite.

El discípulo no está llamado simplemente a repetir unas palabras, sino a dejar que esas palabras vuelvan a hacerse creadoras a través de él, sin alterar el mensaje original, pero actualizando su forma a cada nuevo escenario.

Allí donde una palabra participa verdaderamente de la realidad que expresa, el Verbo continúa revelando su capacidad creadora. La transmisión espiritual consiste, precisamente, en dejar espacio para que el Verbo continúe haciéndose presente.

Tags:
No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.